voy corriendo ingenuamente,
a un lugar ya conocido,
talvez a nuestro lugar.
Sonriente llego y descubro
que hay una multitud,
y mi sonrisa se torna
mueca que ambos conocemos.
Pero mi alma sigue impaciente
por encontrarte a tí ahí,
y es cuando observo una silla
desocupada, y sé que es tuya.
Me limito a dejar brotar
una lágrima ya conocida,
y me retiro queriendo gritar
todo aquello que guardaba.
En la periferia miro al cielo
y sonrío, esperando que
mañana sea el día indicado,
para nuestro encuentro.
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